martes, 22 de abril de 2014

monster

Digamos que me convertí en un monstruo. Sigo siendo igual, la misma sonrisa, las mismas bromas, nada ha cambiado aparentemente. Pero dicen que las miradas no engañan, y la mía se transformó en un abismo, un vacío que llené con mentiras hacia mi, repitiéndome mil veces que no estaba tan mal, que algún día las cosas irían bien. Cambió mi forma de reír, de pensar, de hablar, incluso de dormir. Ya no hay sueños, solo pesadillas. Todo por no mostrar nunca cómo me siento, puede que por miedo a parecer débil, puede que por haber aprendido que los secretos mejor guardados son los que no se cuentan. Quizá por eso ahora soy un monstruo, mi corazón late por latir, es frío y está dañado y soy consciente de que nunca se recuperará del todo. Supongo que es por eso que me escondo tras mil libros y mil canciones. Aunque solo siento seguridad cuando sus brazos me rodean. Estúpido corazón, debe ser que quedaba un resquicio de esperanza, y, qué más da, ya me he lanzado no sé muy bien a dónde sin pensar qué puede suceder. Tal vez no me rompa, tal vez me cure, tal vez me llene. Puede que esos ojos azules devuelvan la chispa que un día iluminaba mis ahora tristes ojos verdes. Pero mis demonios siguen dentro y, siendo realistas, no parece que tengan intención de marchar. De todas formas, ¿qué somos sin heridas? Seres estúpidos que creen en cuentos de Disney con final feliz. Yo no creo, ya me rompí, solo lucho por algo que sé que no merezco. Felicidad, lo llaman.

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