El humo de mi cigarro se desvanece en el ambiente, de la misma forma en que intentaba que tú salieras poco a poco de mi mente y desaparecieras en el aire. Parecías tan poco dañino, tan imposible de coger, tan fácil de sentir, tan acogedor. Fuiste tan doloroso, me incendiaste por dentro, pero no con el romanticismo que puede entenderse de sentir tu calor en mi interior. No como en los cuentos. Nunca fuiste mi príncipe, fuiste otro puto sapo, otro sapo de los que besas y usa una máscara para ocultar su verdadero y repugnante rostro. Me quemaste, dejaste todo hecho cenizas en lo más profundo de mi.
¿Y qué?
Que te fuiste, que me dejaste tan chamuscada, tan destrozada en mi interior, que intente llenar lo que vaciaste con humo, con nicotina, con lo que me recuerda a ti. Esa nube blanca que traspasa mis pulmones y me mata poco a poco, como tú hiciste conmigo ese día. El día en que tu orgullo me comió, el día en que no supe reaccionar, el día en que decidimos que nuestros caminos nunca deberían haberse juntado. El día en que tú fuiste una bocanada de aire fresco y yo me convertí en niebla.
No hay comentarios:
Publicar un comentario