Sus ojos claros reflejaban un alma triste y oscura, pero poca gente conseguía hallar tal reflejo, se conformaban con contemplar el color verde de su mirada. Quizá por eso se escondió en sí misma y se perdió, pretendiendo que alguien algún día encontrara un atisbo de su ánima y se decidiera a buscarla, para volver a darle paz.
Más de una vez, algún chico (o capullo integral, como les denominaría esta niña) había simulado interesarse por los problemas de la pequeña, para posteriormente ilusionarla con un cuento sin futuro, que haría cada vez más y más grande el agujero negro de su corazoncito.
Cierto día, apareció un muchacho, parecía ser como el resto, estúpido e insoportable. Pero poco a poco, fue ganándose su confianza. La abrazaba si tenía frío, siempre conseguía sacarla una sonrisa y la protegía de todo mal. Sin quererlo, o quizá buscándolo, quién sabe, se encontró el chiquillo con la herida que tanto escondía la niña. Ella se asustó, pensando que se marcharía al encontrarse con la sombra que guardaba dentro. Pero no. Él la abrazó, la quiso, la siguió cuidando, la mimó e intentó curar sus heridas con besos.
Pasaron los meses. Ella mejora poco a poco, es más, cuando está con él es tan feliz, que podría decirse que su alma brilla.
No comieron perdices, esto no es un cuento. No hay princesas ni castillos ni zapatos de cristal, hay pura realidad. Actualmente son felices. ¿Y su futuro? Se escribirá solo.
No hay comentarios:
Publicar un comentario