Al final llegó. En la barandilla de aquel decimocuarto piso, ella sonreía. No estaba segura de si lo quería hacer, pero sentía necesidad. Saber qué sienten los pájaros cuando vuelan, un avión cuando despega... Sentimientos ajenos a cualquier ser humano. El ascenso la llevó una hora de agotamiento, pero una vez arriba descansó, afrontando su destino y su final. Había tenido muchos problemas últimamente… Familia, amigos, instituto y lo que más la dolía, él la había abandonado, se había ido a vivir lejos y la había dicho que no podía soportar la idea de una relación a distancia.
Se asomó y miró hacia abajo, se veía a la gente como pequeños puntos, no se definían las caras. Esa gente no sabía lo que estaba a punto de pasar. Sacó un pie por fuera, la sensación de libertad la abrumaba, aunque sentía un poco de miedo... Por su familia, si lo hace, no cree que la pudieran perdonar nunca. Sacó el otro pie, ahora era el momento. Si lo hacía se libraría de todo, de lo bueno y lo malo. No volvería a sufrir ni a llorar, pero tampoco a reír ni disfrutar... Paró a pensar un momento y cuando estaba a punto de echarse atrás le recordó, recordó esas palabras, las más duras que había oído “esto termina aquí...”. Giró y sacó un pie al vació, luego el otro. Sintió esa libertad que tanto había ansiado. Volar, increíble pero posible, aunque solo fueran unos segundos hasta que terminara su camino, sintió que nada la podía dañar. El segundo antes del impacto se dio cuenta de que la faltaba algo por hacer...
La gente que pasaba solo pudo escuchar un te quiero a voz en grito y encontrar el cuerpo de una chica llorando, con el dedo en la tecla de llamada. Una llamada que él nunca recibirá.
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