Terminé
el recorrido sudoroso, casi sin respiración. Miré a mi alrededor. Era verdad.
El movimiento que me rodeaba hacía ver que, el rumor de que la guerra empezaría
pronto era trágicamente cierto. Mis compañeros, soldados como yo, transportaban
armas, algunas que yo conocía y otras que jamás había visto; grandes, pequeñas,
automáticas, semiautomáticas. Muchos tanques se movían en todas direcciones,
muchos gritos ordenando más velocidad, mucha gente indecisa, mirando con
incredulidad el jaleo que había en el cuartel hoy.
Yo
era consciente de que habíamos sido entrenados para defender nuestro país, para
sobrevivir en situaciones climáticas nefastas, pero sobre todo a fingir seguridad
durante la batalla. Porque, miembro del ejército como era, he de admitir que el
saber que la guerra era algo imparable hacía que estuviera siempre nervioso, en
tensión, como esperando el momento en que mi vida terminara.
El
sol cayó y nos mandaron a las tiendas a dormir. Ocho simples horas donde mi
cabeza no paraba de dar vueltas de una idea a otra. Pensé en huir, en no
luchar, en abandonar la batalla, en
unirme al otro bando e incluso en un momento dado pensé en quitarme la vida.
Hasta que me giré y vi aquella foto. En el retrato aparecían mi mujer y mi hija
sonriendo, felices. Me di cuenta de que debía luchar y ser fuerte para salvar
mi vida. Por ellas, porque sin sus sonrisas nada era lo mismo. Sabía que vencer
sería difícil. Habría más hombres que, como yo, lucharían hasta su último
aliento por sus seres queridos, por intentar volver a verlos.
* * *
Los
tanques y las armas me rodeaban. Cogí una y miré al frente. Allá en la lejanía
podía ver y oír a mis compañeros dando todo en la pelea. Jamás imaginé que me
arrepentiría tanto de ser soldado hasta que llegó el momento en que disparé y
di a un hombre del bando enemigo, que se desplomó al suelo, ya encharcado en
sangre. Así siguieron muchas caras desconocidas, todas tuvieron el mismo final
que la anterior. Escuché una trompeta, era extraño. No nos habían hablado de
ella. Pero de repente, fue como si mi cuerpo se liberara, tiré el arma al suelo
y corrí hasta el campamento base. Pregunté a qué se debía el sonido de aquel
instrumento y me dijeron que habíamos vencido. Treinta segundos después todo
eran lágrimas de júbilo, sonrisas que ansiaban libertad.
Yo
escribo esto desde un rincón del campamento, escondido, intentando olvidar una
a una todas las caras de la gente caída por mi culpa y de las familias
destrozadas gracias a mi. Intento no pensar en el momento en que una carta
llegue a casa de cada uno de ellos, una carta que les de las noticias de que su
marido, padre, tío, sobrino, nieto, amigo, ha sido asesinado durante la
batalla. No quiero imaginar las caras de toda la gente a la que he hecho daño,
en todas las lágrimas que serán derramadas por mi culpa. Pero es inevitable, el
sentimiento de culpabilidad me invade, y seguirá dentro de mi muchos años,
carcomiéndome por dentro.
Joder sta mola un cojon xD. no se sabe si acaba bien o mal
ResponderEliminarVeo q tas animao a seguir escribiendo. Me alegro